Detenerse, Mirar, Perdonar, Amar
“La paz es la base para vivir bien”.
¿Por qué repetimos lo que nos hace mal? ¿Cómo aquietar nuestra mente ansiosa?
¿Por qué repetimos lo que nos hace mal?
En mi vida y en la vida de otras personas, el problema no reside en no saber qué hacer, sino en no hacerlo. Peter Druker
¿Por qué no hacemos aquello tan anhelado? ¿Es solo falta de voluntad? Creo que no. Si bien la voluntad es necesaria para ponernos en acción, no deja de ser solo un aspecto más a tener en cuenta. La voluntad responde a nuestro aspecto consciente, sin embargo, tenemos muchas creencias profundamente arraigadas que están operativas a nivel no consciente. En muchas ocasiones, nuestro comportamiento inadecuado, aun contradiciendo deseos y objetivos personales, podría asemejarse a intentar acelerar un automóvil a nivel consciente y no lograr avanzar, porque a un nivel no consciente hemos dejado fuertemente trabado el freno de mano. Seguramente, este tipo de freno haya sido muy útil para estacionar en una loma y no desbarrancar, pero es obvio que necesitamos desactivarlo para ponernos en marcha. Son muchas las actitudes y comportamientos que nos han servido para defendernos y adaptarnos ante los peligros y las amenazas reales e imaginarias que hemos experimentado a lo largo de nuestra historia. Nuestro sistema de defensa sabe por sí mismo cómo accionarse ante posibles amenazas. El modo en que se vive actualmente construye un clima de permanente amenaza e incertidumbre en distintos planos de la existencia. Ante esto, la persona vive en un continuo estado de defensa, de alerta, de tensión y ansiedad, que la prepara para huir, atacar y defenderse. Dicho estado amenazante genera fuertes sentimientos de angustia que provocan cuadros depresivos y/o ansiosos severos. La continuidad sin descanso de este tipo de trastornos va reactivando todo el sistema defensivo del ser humano y genera, como consecuencia, niveles muy altos de estrés. Así nos debilitamos los individuos, sobre adaptándonos a un estado de estrés crónico que provoca el agotamiento de nuestras energías físicas, emocionales y espirituales, afectando de este modo nuestro sistema inmunológico e impidiendo que podamos discernir lo necesario para vivir en paz y libertad. Todo ello le impide al individuo superar patrones de comportamiento, que aun habiéndoles servido en forma inconsciente a lo largo de su historia, ya no le resultan convenientes para sí mismo ni para sus vínculos en el presente que vive. Según una investigación llevada a cabo en 1998 por el doctor Bruce Lipton, de la Facultad de Medicina de Stanford, un gran número de renombrados y respetados biólogos celulares aseguran que el estrés es la causa de, como mínimo, el 95% de las enfermedades. La página web de la Facultad de Medicina de Harvard afirma: “Tener demasiado estrés durante demasiado tiempo crea lo que se conoce como «estrés crónico», que está muy vinculado con las enfermedades cardíacas, el derrame cerebral, y también puede influir en el cáncer y en las enfermedades crónicas respiratorias”. Si necesitamos encontrar un modo de curar la enfermedad en su origen, entonces necesitamos hallar también un modo consecuente y predecible de curar el estrés. Cuando la gente cura el origen de su estrés, sus relaciones interpersonales mejoran, se incrementan sus ingresos y aumenta la satisfacción que siente (tomado del libro El código de curación ). Como venía afirmando, el estrés no compromete solo un aspecto de la persona, sino que le afecta integralmente como organismo vivo en sus tejidos afectivos, en su memoria celular. Por lo tanto, se da en muchas ocasiones que siente “hambre” de ciertos estados emocionales negativos y de ciertos comportamientos destructivos, puesto que se ha hecho dependiente de ellos, porque precisamente al haber estado activados durante tantos años, se transformaron en su “seguridad conocida”. En el libro ¿Y tú qué sabes? , los investigadores mencionan: ¿Alguna de estas frases te resulta conocida?
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- Repito las mismas situaciones una y otra vez.
- Escucho en mi cabeza una voz que me dice: “Yo quiero, dame más, dame más”.
- Decido no hacerlo nunca más, y media hora o tres horas después lo hago nuevamente y peor.
Así como las drogas externas utilizan receptores de nuestras células que están destinados a recibir químicos internos, nuestras emociones y pensamientos producen un torrente químico que va impactando en nuestros receptores celulares. Si se han acostumbrado a dichas emociones, sean estas positivas o negativas, cada vez tendrán mayor tolerancia y exigirán más y más. Cuanto más enojo, más adrenalina y más negatividad generemos, más de lo mismo seguiremos produciendo y mayor demanda tendremos de nuestro organismo, que estará hambriento de dichas “drogas”; es decir, estará necesitado de aquellas emociones negativas. Así nuestras células se van sobrecargando de tóxicos que se almacenan, produciendo acostumbramiento y perdiendo los buenos nutrientes que necesitan para crear salud y bienestar físico-emocional en la persona. Podemos, literalmente, convertirnos en adictos a la violencia, al mal trato, al dolor emocional, a la negatividad y a la repetición de patrones aprendidos. Claramente, una parte de nosotros desea sanar y otra parte, la del ego temeroso, “reclama y repite”, porque, como decíamos, es su seguridad conocida. Cada persona continúa creando la realidad de acuerdo a lo que ha experimentado y aprendido, recreando la situación inicial en la que ha quedado fijada. Es por todo esto que podemos explicar por qué tanta gente permanece en relaciones abusivas recreando las mismas horribles situaciones de vida, una y otra vez.
Te invito a pensar acerca del modo en que vives y te vinculas.